José
Ureña Toledo
Desde
hace unas décadas especialmente, parece que se da, con demasiada frecuencia,
una especie de alergia hacia lo sobrenatural. La orgullosa tendencia a querer
explicarlo todo sobre una base pretendidamente “científica”, según
correspondería al pensamiento moderno, junto a una actitud hedonista que nubla
nuestra mirada para las realidades que ofrece una fe sana... han dado como
resultado, incluso en ciertos sectores del clero y entre muchos pseudoteólogos
en general, que la figura de Cristo aparezca prácticamente como algo que sólo
pertenece al pasado. Apoyándose en el sólido argumento, mal interpretado y
hábilmente manipulado, de que la Revelación se cerró con el último libro de la
Sagrada Escritura, es lo cierto que la imagen que se ofrece a menudo de Jesús
queda postergada a un personaje que no puede ya salir, como alguien vivo y
actuante, capaz y libre para hablar, de las páginas de una obra literaria; una
grandísima obra, sí, verdaderamente inspirada por Dios mismo, pero que hombres
de una fe mezquina han convertido en cárcel para un Jesús que, desde entonces,
no podría decirnos ya nada más que lo que allí expresó literalmente en un lugar y un tiempo determinados. Creer o admitir que Dios
pueda haberse manifestado con palabras o mediante nuevos hechos, a la manera de
revelaciones privadas - ¡no siempre tan privadas, por cierto! -, incluso con
milagros... a través de la historia posterior, hasta nuestros días, es
considerado “a priori” como una especie de herejía o una forma intolerable de
credulidad o superstición. De nada vale que se afirme en la Escritura que
Jesucristo resucitó, lo cual equivale a afirmar que sigue vivo, plenamente vivo
y que por tanto puede continuar hablando y actuando cuando le plazca, sin tener
que pedir permiso a esos teólogos pretendidamente guardianes de la auténtica
ortodoxia ni a ninguna autoridad de la Tierra, aunque bien sabemos que Jesús es
siempre respetuoso, especialmente cuando se trata de la autoridad eclesiástica.
¡Tan humilde sigue siendo!
Declaraba
el todavía entonces cardenal Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación
para la Defensa de la Fe, hoy Benedicto XVI, al periodista Vittorio Messori:
“... No podemos, ciertamente, impedir que Dios hable en nuestro tiempo a través
de personas sencillas, y valiéndose de signos extraordinarios que denuncian la
insuficiencia de las culturas que nos dominan, contaminadas de racionalismo y
positivismo... La Revelación aun siendo única, plena, y por consiguiente
insuperable, no es algo muerto, sino que es vida, es algo vital” (Informe sobre la fe. BAC. Madrid, 1985,
p. 120 y ss.).
¡Y
luego se habla tanto de Resurrección! (A veces, sospecho, lo confieso, con la
posible intención de eludir el tema previo de la Pasión de Nuestro Señor, la
cual es indispensable para pasar a la Resurrección).
Hermanos,
¡que Jesús está vivo! ¡Que Jesús sigue actuando, que puede hablar y habla
cuando quiere, incluso a través de su Sma. Madre! No es que debamos creer cualquier
episodio que se nos cuenta, ni muchísimo menos, porque hay demasiados
embaucadores. Pero sí debemos examinar lo que hay de bueno, de positivo, en
cualquiera de estos episodios, si lo hay, como aconsejaba el Apóstol, sobre
todo esperando el juicio definitivo de la Iglesia. Ahora bien: pensar que el
Jesús vivo se encierra sin salida alguna
entre las pastas de un extenso libro, aunque se trate del Libro Inspirado (¡por
cierto, abierto al futuro con sus numerosas profecías, no lo olvidemos!) es
quedarnos en lo que el autor de este artículo se atreve a llamar: EL CRISTO DE
PAPEL.
A.M.D.G.
Granada,
8 - V - 2007