SALMO DEL EXTRAVIADO
José Ureña Toledo
1) ¿Cómo
podré satisfacer mi sensualidad y mi amor propio? Porque rara vez mi deseo
queda colmado con el goce.
2) Para
pecar, he de cerrar los ojos a una realidad superior: he de poner vendas a mi
vista y tapones a mis oídos.
3) He
ganado poco con mis pecados y he perdido mucho: no existe compensación en el
goce del pecado para todo lo que he perdido.
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4) El Señor
me dio cuanto puede un hombre desear en la Tierra:
5) se me
dio a sí mismo, manifestándose poco a poco en lo íntimo de mi alma, como sol
que iba ocupando el centro y donde empezaron a converger todas mis
aspiraciones;
6) y con Él
me vino una sabiduría indefinible que me alumbraba y fortificaba en cada
ocasión.
7) Tuve
muchos amigos, a los que yo alegraba, y ellos correspondieron con nueva alegría
en mi tristeza.
8) Dios fue
retirando la cobardía de mi espíritu, porque Él me fortaleció y animó para
nobles empresas; siendo Él mi ideal, cobré un ilimitado atrevimiento en mis acciones.
Amarlo cayó como una bendición sobre mi vida.
9) Gusté la
virtud de la prudencia, y la fe iluminó mi corazón.
10) El
Señor me hizo probar las excelencias de
la castidad, presentándome a su Blanca Madre; amé la pura carne de
Cristo, y sentí la paz.
11) Dios me
mostró los tesoros de la pobreza cuando se tiene a Él, y, confortado con una
confianza audaz, vi y noté su mano bienhechora en los hombres y en las cosas;
serenadas mis pasiones, habló al fondo de mi corazón;
12) Él fue
corrigiendo mi carácter, y me descubrió las posibilidades que había en mi si
seguía a su lado.
13) El
Espíritu Santo iba renovando mi alma vieja, como renueva la faz de la Tierra.
14) En
suma, el Señor me dio cuanto yo sólo no podía conseguir, e hice cuanto nunca
pensé que hubiera hecho, y cada día era para mí un nuevo motivo de júbilo, y
hasta el ocaso era para mi el amanecer.
15) Si yo
me humillaba una vez, el Señor me ensalzaba dos. Y me reveló con sencillez la
profundidad del corazón humano, y me mostró cuán semejantes somos todos los
hombres en el fondo;
16)
comprendiendo mejor a mis hermanos, los adoré más, y valorándolos, los amé más;
y no me juzgué locamente como superior a ellos.
17) Dios me
enseñó la más hermosa y verdadera de todas las ciencias, hablándome con
palabras siempre convincentes, claras y oportunas al fondo de mi alma;
18) pues
más vale una amonestación suya que las alabanzas de todos los hombres.
19) Me
enseñó a comprender cómo en Él se encuentran encerrados todos los bienes de la
Tierra, y qué vanas y frías quedan todas las cosas de las cuales apartamos a
Él.
20) Me puso
en guardia contra las apariencias de placer, y me mostró las tinieblas que hay
en las luces del mundo, y la luz auténtica que puede haber en la oscuridad
exterior.
21) Me
enseñó a distinguir lo verdadero de lo falso y a preferir el bien auténtico
aunque se halle oculto, y vi que, lavando el interior del vaso, el exterior
quedaba limpio;
22) y
desconfié de las frases ingeniosas para ir a la realidad que contienen;
23) y
comprendí que es preferible una conducta buena, aunque se peque alguna vez de
simple, a una conciencia perversa, pero astuta;
24) pues al
fin, Dios revela a los pequeños lo que oculta a los sabios, y en el justo
vienen a coincidir todos los tesoros de la ciencia; que de todo es posible
arrepentirse menos de haber sido justo y que toda senda es cambiante y movediza
menos la que lleva a Dios.
25) Entendí
vivamente que la maldad es necedad y que propio del hombre sabio es ser
constante: “Stultus sicut luna mutatur;
sapiens in sapientia manet sicut vult”. (El necio es mudable como la luna,
pero el sabio permanece firme en su sabiduría).
26) Una
sola gota de sabiduría divina bastaba para alimentar mi alma. Adoraba yo el
agua que, una vez bebida, quita la sed para siempre.
27) Y,
siendo muy joven, ya vi la vanidad de los libros, la vanidad del mundo; y en la
práctica, comprendí al Sabio y sus sentencias inmortales.
28) ¡El
Señor me dio mucho, pidiéndome muy poco!
29) Al
valorarlo sobre todas las cosas (y estas unas sobre otras, en una escala que se
acercaba a Él), supe que no está la cuestión en ocupar una alto cargo en este
mundo, si no en hacer cualquier trabajo, por humilde que sea, encaminándolo a
Él;
30) y noté
que así las cosas más simples cobraban gran transcendencia, y aprendí a gozarme
en lo pequeño y a ser grande siendo insignificante.
31) Por el
contrario, me apercibí de que todas las cosas, por grandes que nos parezcan,
están sin Dios huecas y frías y son fuente de tristeza y maldición.
32)
Comprendí cómo la fama es vana por sí sola y aprendí a no desearla, yo que
tanto la había ansiado, y a estimar el valor de las cosas en sí por encima de
su renombre; y vi que los hechos, y no las palabras, deben mostrar la realidad
de nuestro valer.
33) Siendo
parco en hablar de mí mismo y amable con los demás, Dios me hizo feliz.
34) No
despreciando a mis hermanos, sentí lo cálido y profundo de su compañía. Ni a
uno solo desestimé; antes bien, estaba persuadido de que todos podían enseñarme
algo:
35) y de
éste aprendí la amabilidad; de aquél a conseguir el don de gentes; del otro, la
sencillez... y en todos supe ver lo que había de ciencia y virtud.
36) Nunca
me sentí solo. Sin ser enteramente parecido a ningún hombre en particular –
pues no hay dos iguales –, el Señor me mostró la posibilidad de expansionarme
parte con uno y parte con otro, hablando con cada uno sólo aquello que a Él
podía interesar; y advertí que la Humanidad, tomada en su conjunto, es como un
mosaico de inmensa variedad.
37) Entendí
al mismo tiempo que lo que importaba era agradar a Dios – en el que se halla
toda Variedad y toda Comprensión – y que “de los hombres serás abandonado algún
día, quieras o no”;
38) que el
hombre es cambiante, y es una locura depositar la confianza en terreno tan
movedizo, aunque se trate del amigo más fiel; y que sólo Dios no defrauda, y
permanece.
39) Supe
además que únicamente una cortesía basada en la caridad es subsistente, porque
la Caridad es su verdadera raíz.
40) Antes
yo había estado lleno de angustia, ansiando desesperadamente la fama, la
admiración de otros y, en general, cumplir mis deseos más vehementes bajo el
nombre engañoso de “vocación”.
41) Ahora
el Señor me hizo saber que nuestro criterio para elegir y obrar hemos de
ponerlo en el Deber, y que la mayoría de los errores y las locuras provienen
del corazón,
42) el cual
es fuente del desasosiego del afeminamiento, de la vanidad, de la inconstancia,
de la pereza, de la sensualidad, de la injusticia, de todo pecado, y,
finalmente, de la tristeza, que en el fondo es debilidad.
43) Por eso
hallé gran provecho controlando mis sentimientos y notando que no me pedía el
Señor que los destruyera; antes bien, me mostró que, encauzándolos debidamente,
podían ser un tesoro de vida y santo obrar.
44)
Conforme avanzaba en pureza, iba yo comprendiendo mejor la hermosura de la
Virgen Santísima y crecía mi amor hacia Ella. Si antes gusté de la Poesía,
ahora advertí que la Virgen era como el supremo Ideal de Belleza creada, como
la Poesía misma;
45) y vi
que Dios derramaba sus gracias por medio de Ella, y que en Ella se manifestaba
ese esplendor y esa suavidad indefinible que hay en el Dios Santo. Mi corazón
calaba en el sentido de las oraciones que la Iglesia dirige a la Madre amable,
a la Virgen poderosa, a la Causa de nuestra alegría, a quien es Trono de la
Sabiduría.
46) Ya el
Señor me advertía de algún modo cuántas gracias me estaba concediendo; y yo no
reparaba en su número y excelencia hasta ahora que las he perdido. Eran tantas,
o se manifestaban de tantas formas, que ni las puedo enumerar, y todas me
fueron dadas por libre voluntad de Dios, por su misericordia que debe ser
eternamente cantada; pues yo no merecí ninguna.
47) Por
cada mísero acto de buena voluntad que tuve, Dios me regaló el céntuplo, y como
Sabio Médico, curó en mi los males que yo ignoraba tener y me alumbró con luces
cuya existencia no había yo sospechado.
48) Se
metió en mi alma y en mi cuerpo, y como sutil Artífice, fue renovando cada
fibra de mi ser. Me dio perfección natural y sobrenatural, llenándome de
felicidad.
49) Me dio
en suma cuanto un hombre puede desear en la Tierra, haciéndome ver que no hay
alegría fuera de la santidad.
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50) Pero le
traicioné cobardemente. Todavía la Gracia, como un Amante obstinado, se negaba
a abandonar la mansión de mi alma y continuaba favoreciéndome con su dulce voz.
51) Pero la
mansión fue haciéndose cada vez inhóspita. Como perro que vuelve a su vómito,
fui recayendo en mis antiguos pecados, haciéndose cada vez más débil mi
voluntad y más exigentes mis vicios. Lo que tanto trabajo me había costado, en
poco tiempo lo perdí.
52) El
Señor fue retirándome su ayuda y casi me dejó abandonado a la simple
podredumbre que yo soy.
53)
Claramente mostré a Dios mi cobardía. Me probó, y respondí con mi infidelidad.
54)
Después, creo que varias veces he intentado regenerarme. Y me parece que Dios
me ha desoído. Y he comprendido cuánto perdí y que sin Él, nada podemos hacer.
55) ¿Por
qué, digo yo, me dio entonces su gracia y ahora no me la vuelve a dar? “Domine,
si vis, potes me mundare”: Señor, si quieres, todavía puedes sanarme.
56) ¡Benditos
sean sus juicios desconocidos para el hombre! En los instantes de luz que me
permite mi ruinosa fe, advierto que “el bien y el mal, la vida y la muerte,
vienen de Dios”.
57) ¡He perdido
tantas cosas! ¿Y hasta cuándo?...
58) Dios me
ha retirado aquel tesoro de fe, dejándome en desesperada oscuridad;
59) Me ha
herido en el cuerpo y en el alma, y ha puesto en mi una mortal tristeza;
60) Me ha
humillado en lo más hondo, y me ha derribado como el cazador a la fiera,
quitándome el alegre impulso vital y reduciendo casi a la nada mis aspiraciones
en esta vida. Como sin sentido ha dejado mi existencia.
61) ¿Qué le
queda a un hombre por perder después de su esperanza y su alegría?
62) Hay
males más visibles que los míos en los que siquiera cabe hallar comprensión y
consuelo. Pero ¿a quién, Dios mío, iré yo para volcarle la intimidad de mi
alma? ¿Dónde hallaré consuelo si tú no me lo das?
63) ¿Qué
caminos me quedan si tú me cierras los caminos? ¿De qué me alimentaré si tú no
me das el sustento? ¿De qué agua beberé fuera de ti que no esté envenenada?
64) La
lujuria me acosa vivamente, impidiéndome la marcha hacia la santidad;
65) la
impaciencia y el egoísmo me atormentan;
66) las
pasiones me han hecho un esclavo impotente.
67) Me
parece que sólo tengo fuerzas para sentir dolor, y todas las cosas contribuyen
a mi mal.
68) Falto
de rumbo y exhausto, me hallo postrado en la soledad del desierto; de mis
sendas, huyen los horizontes.
69) Quiero
y no quiero levantarme. Vivo esperando una mano amiga que me ayude a querer, y
soy yo el que tengo que querer.
70) Dudo de
la libertad del hombre, de la misma existencia de Dios. Creo y no creo. No sé
hasta qué punto debo de ser perverso.
71) Sólo el
recuerdo de esa dichosa época de mi vida pasada en la que viví (relativamente)
conforme a la justicia, me hace no caer por completo en la desesperación.
¿Puedo negar que sentí a Dios muy cerca? ¿Puedo negar que noté palpablemente su
Providencia? ¿Puedo negar que, por lo menos, la fe en Él me dio los mayores
beneficios, aun admitiendo que hubiera sido una fe acerca de un ser
inexistente?
72) Pero
todavía pienso: ¿Acaso he sido yo alguna vez justo? ¿No habré exagerado
enormemente en la consideración de los bienes obtenidos? Cuando yo creía sentir
muy cerca a Dios, casi de una forma material, ¿no era yo con toda seguridad
víctima de una imaginación enfermiza?
73) ¿No
pude yo por mí mismo alcanzar lo que alcancé?
74) Creo
que no. ¿En qué época de mi vida he gozado yo de una inteligencia más sana, de
una mayor serenidad de juicio, de un mayor acercamiento al común de los hombres
que en aquélla? ¿Cuándo pude errar menos veces?
75) Por
tanto, creo que la verdad es ésta: yo hice un poco, y el Señor, con su
misericordia y obrando según sus sabios designios, me dio mucho en comparación
de lo que hice.
76) Sea,
pues, la gloria para Él. Yo sólo puse mi debilidad y Dios puso lo que en mí
hubo de bueno, ya que “su fuerza culmina en la flaqueza”.
77) Mas
¿por qué el Señor no me vuelve a dar su gracia? Me parece que, sin tener la
constancia de antes, he hecho sin embargo algunos esfuerzos mayores que en
aquel tiempo para recuperarla.
78) Pero
Dios bien podría responderme con palabras parecidas a las del Salmista:
79) “Si mi
enemigo me ofendiera, ciertamente lo soportaría; mas tú, ¡hombre que
aparentabas ser otro yo, mi consejero y mi amigo, que comías a mi mesa
regalados manjares...!”.
80) Es
lamentable ver cómo hace ocho años, era yo más hombre, más perfecto que ahora.
El Señor me mostró sencillamente lo que, olvidado después, no he visto
confirmado sino tras una dura y dolorosa experiencia.
81) Pues Él
hace a los niños viejos en prudencia; y no hay ancianidad honorable más que la
fecunda en santas obras.·
82) ¡Qué
bajo he venido a caer! Pero en medio de tanta hojarasca insalubre, todavía me
llegan las últimas ondas de la voz de Dios, a quien trato con tan insensata
irreverencia:
83)
“Reconoce y advierte cuán mala y amarga cosa es para ti haberte apartado del
Señor tu Dios y haber perdido mi temor”. (Jer. 21, 19).
MURCIA, II - 1960