PENSAMIENTOS |
En esta sección tienen cabida cuantos escritos nos remitáis en relación con los temas que tratamos en esta página, o sobre cualquier tema tratado desde un punto de vista espiritual |
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LA HORA DEL RELOJ
Saborea el minuto presente,
no te anticipes,
pensando sólo en el futuro.
Así pierdes la esencia
de tu efímera vida.
Si vives para el futuro,
pierdes lo único cierto:
tu presente, tu existencia.
No te afanes con el futuro:
tendré, seré, haré…
y tantas cosas más.
Goza el ahora y no
te preocupes por el mañana.
¡ Dios te ayudará!
Aurora Riquelme
Maria, la estrella del año nuevo
Empieza el año con la solemnidad de la Maternidad de la Virgen María. "Qué cielo mas azul aquella noche! / Parece que se vea el infinito, / el Infinito sin velos, / más allá de la luna y de las estrellas. // La luna y las estrellas brillan tan claro / en el azul infinito de la noche santa, / que el alma se encanta / allá..." (Joan Maragall). “Maria” significa entre otras acepciones "estrella de la mañana" en lengua hebrea: recuerda la estrella que daba orientación a los navegantes, porque conocieran el camino en la oscuridad de la noche. Así la estrella guía a los Magos, y nosotros queremos seguir nuestra estrella hasta llegar a Jesús…
Cuentan que había millones de estrellas en el cielo, estrellas de todo los colores: blancas, plateadas, rojas, azules, doradas. Un día, inquietas, se acercaron a san Gabriel –que es su jefe- y le propusieron: "- nos gustaría vivir en la Tierra, convivir con las personas." -"Sea", respondió. Se dice que aquella noche hubo una fantástica lluvia de estrellas. Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras fueron a jugar y correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron con los juguetes de los niños. La Tierra quedó, entonces, maravillosamente iluminada. Pero con el correr del tiempo, las estrellas decidieron abandonar a los hombres y volver al cielo, dejando a la tierra oscura y triste. "-¿Por qué habéis vuelto?", preguntó Gabriel, a medida que ellas iban llegando al cielo. "-Nos fue imposible permanecer en la Tierra, allí hay mucha miseria, mucha violencia, demasiadas injusticias". Les contestó Gabriel: "-Claro. La Tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que cae, de aquel que yerra, de aquel que muere. Nada es perfecto. El Cielo es el lugar de lo inmutable, de lo eterno, de la perfección." Después de que había llegado gran cantidad de estrellas, Gabriel, que sabe muchas matemáticas, las dijo: "-Falta una estrella... ¿dónde estará?". Un ángel que estaba cerca replicó: "-Hay una estrella que quiso quedarse entre los hombres. Descubrió que su lugar es exactamente donde existe la imperfección, donde hay límites, donde las cosas no van bien, donde hay dolor. Es la Esperanza, la estrella verde. La única estrella de ese color." Y cuando miraron para la tierra, la estrella no estaba sola: la Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en el corazón de cada persona. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y el cielo no necesita retener es la Esperanza, ella es propia de la persona humana, de aquel que yerra, de aquel que no es perfecto, de aquel que no sabe cómo puede conocer el porvenir.
Maria es nuestra esperanza, la que nos guía a Jesús, que nos ha dado en el pesebre. No obliga, nos muestra el camino, respeta nuestra libertad, como hace la estrella, ilumina. Este es el modelo para toda educación, tanto la de los padres con los hijos, la de los miembros de la Iglesia en su apostolado, o como ciudadanos a nivel social y cultural: no se trata sólo de transmitir conocimientos, sino vida, dar luz, ser un referente –estrella- en un mundo de gente que no sabe hacia dónde ir, que necesita maestros. Con qué alegría nos dice un amigo: “quiero contarte esta pena, sólo puedo explicártelo a ti, que me inspiras confianza”. Y estos guías necesitan luz, dar del calor que tienen; Maria nos trae a Jesús que nos quiere dar luz y calor, nos llena de optimismo y esperanza que va más allá de lo que vemos, que a veces puede parecernos algo negro, que nos proyecta hacia lo que no vemos; nos habla de que si Dios se ha hecho Niño, es posible un mundo mejor, en el que reine la alegría. Que siempre hay un punto en lo más profundo del alma –¡la estrella verde!- que emana la luz y el calor de Belén, que nos llena y nunca nos deja sentirnos vacíos, que es fuente inagotable de ilusiones y proyectos. Porque Jesús entra dentro de la Historia, es solidario con todo lo nuestro, y nunca nos sentiremos solos: “Si las estrellas bajan para mirarte, / detrás de cada estrella / camina un ángel” (Luis Rosales)
Llucià Pou Sabaté
¿NAVIDAD SIN CONSUMISMO?
Ramón Horn Ureña
Cada año la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, misterio de amor insondable,
nos llega inmersos en un desbordante tropel de actividades, que nada o poco
tienen que ver con lo que realmente celebramos: la venida del hijo de Dios.
Este magno acontecimiento, casi pasa desapercibido en medio del “ambiente
navideño”, que, pese a su nombre, poco tiene que ver con la verdadera Navidad.
El consumo y el ajetreo de los preparativos de las fiestas embotan nuestros
sentidos, y nos impiden darnos cuenta de la verdadera dimensión de lo que
celebramos, dificultándonos alcanzar la paz que precisamos para contemplar el
misterio de la encarnación desde su verdadera dimensión: la espiritual.
No es una fiesta humana la que celebramos, sino divina. Es “la fiesta de Dios”,
y es desde ésta la perspectiva, la espiritual, desde la que tenemos que abordar
cada año la conmemoración de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Lo
espiritual no necesita de lo material más que en lo sucintamente necesario para
hacerse presente en nuestra dimensión humana. Todo lo demás son adornos, y como
tales debemos contemplarlos, no desorbitando el papel que realmente deben tener:
el de ayudarnos a vivir el misterio más profundamente, a compartirlo y a
difundirlo en todos los ambientes.
Pensemos, por unos instantes, en la forma en que tuvo lugar el nacimiento de
Jesús. No vino al mundo lleno de esplendor y gloria, como sería de esperar del
nacimiento de un rey humano. Sabemos que fue en una gran pobreza como nació
nuestro rey. Nunca pensaremos lo suficiente en este hecho. Me refiero a la
pobreza con que Dios se hace presente al mundo. Podía haber elegido cualquier
forma de llegada; con majestad y poder infinito. Habría tenido todo el derecho a
ello, pues era Dios quien venía al mundo. No fue así. Vino hecho un niño
indefenso y pobre; en una familia corriente, y naciendo con la naturalidad que
todos lo hacemos.
Sin duda, siendo Dios el que nacía, lo hizo del mejor modo posible. Está
relatado en los Evangelios para que nos sirva de ejemplo. Nos muestran que la
sobreabundancia de bienes materiales es innecesaria a la hora de afrontar la
vida. Dios eligió la pobreza porque el disfrute excesivo de lo material aparta
el alma de su verdadero objetivo, ya que el alma y los bienes materiales son de
distinta naturaleza. Dios centró su venida en otros aspectos, que llenarían su
vida en la tierra, y nos servirían de ejemplo de vida. Su venida fue fruto del
amor de Dios hacia los hombres, mostrándonos que la caridad debía ser el eje de
nuestras vidas.
La Natividad de Nuestro Señor es un acto de amor verdadero. El objetivo
primordial de la vida de Jesucristo sería la redención del hombre, es decir,
posibilitar a seres materiales –los humanos- el acceso a la divinidad de la vida
eterna en el seno de Dios Padre, al tiempo que abría la puerta en nuestras almas
para que Dios mismo habitara en nosotros Nos posibilitó una vida sobrenatural a
la que no teníamos derecho. Nos construyó un puente –Jesucristo mismo- para
cruzar el abismo que existía entre Dios y el hombre, y lo hizo por puro amor.
Quiso compartir con nosotros, criaturas nacidas de la carne, su vida
preternatural (más allá de lo natural). Sí, tú has sido elegido directamente por
Dios para tener vida eterna y sobrenatural, desde antes de la creación del
Mundo. Nunca podremos agradecerle lo suficiente este don. No lo desperdiciemos,
pues ello significaría desperdiciar toda nuestra vida. Esto, y no otra cosa, es
lo que celebramos en estas fechas. Tengámoslo muy presente a lo largo de estos
días.
Ramón Horn Ureña
ALGUNOS
ENGAÑOS BÁSICOS DE SATANÁS
EN NUESTROS
DÍAS
José
Ureña Toledo
¨
Satanás no existe (se parte con frecuencia del
falso principio de que los ángeles no existen). Así el Enemigo puede actuar
con muchísima más libertad.1
¨
A Dios no se le puede amar directamente en modo
alguno: sólo se le puede amar en el
hombre. Prácticamente: Homo homini Deus (el hombre es el verdadero y único
Dios para el hombre) (Feuerbach).
¨
Es más fácil amar a Dios que amar al hombre,
hasta el punto de que amar a Dios viene a ser una evasión para desentenderse de
los hombres. ¡Como si amar a Dios verdaderamente no implicara amar lo que Dios
ama: al hombre y al mismo Dios con entrega absoluta! De ese engaño se deriva
que ni se ama realmente a Dios ni se ama al hombre.
¨
No es cierto que hay que amar a Dios sobre todo
otro ser.
¨
Lo que importa sólo aquí en este mundo es el amor
en sentido horizontalista, prescindiendo así de la fe y de la esperanza, que
deben estar unidas al amor -contra la enseñanza diabólica- mientras vivimos en
la tierra. Ciñéndonos ahora sólo a la fe y el amor:
¨
No importa la fe, sino el amor, olvidándose de que
si no hay fe, no puede darse un amor sobrenatural y perfecto (I Tim 1,5). Satanás
sugiere frecuentemente la fraternidad al estilo masónico, incitando a
interpretar acomodaticiamente y de modo erróneo a San Pablo cuando éste sitúa
al amor como la reina de las virtudes (porque es la virtud o el ejercicio que
perdurará en la otra vida). Se quita así importancia al ateísmo, con tal de
que se dé el imposible utópico de que haya auténtico amor sin fe en este
mundo.2
¨
Lo primero que hay que hacer con los pobres es
"llenarles la barriga" (se suele preferir esta expresión en
castellano), lo cual, en principio, parece de lo más realista y sensato. Pero
¿qué hay muchas veces detrás de esta insistencia? ¿Se les llena de verdad el
estómago y se les conforta y adoctrina también hablándoles de Dios, tema éste
por cierto muy urgente?
¨
Hay que respetar las otras creencias y no predicar
a Cristo. Hablar de Cristo sería una imposición. Pero ¿es faltar el respeto a
otros creyentes equivocados o insuficientemente informados exponerles la Verdad
plena? No nos extrañemos de la decadencia del impulso misionero en muchas
partes del mundo.
¨
No comprender que hemos de sufrir en la tierra para
santificarnos, a imitación de Jesucristo, envolviendo este radical rechazo al
dolor bajo frases tan bonitas como que la Resurrección es más importante que
la Pasión, sin caer en la cuenta de que para que haya Resurrección hay que
pasar por la Pasión. ¡Satanás nos ciega fácilmente con el hedonismo!3
¨
Mantener una actitud hipercrítica ante los casos
de apariciones marianas o de Jesús, negándolas prácticamente todas "a
priori", so capa de prudencia. Lo que decimos de las apariciones es
aplicable igualmente a los milagros. Con ello se niega en la práctica la
Resurrección, porque de este modo se opone uno a la convicción de que Jesús
sigue vivo, así como su Santa Madre, y, por tanto, ambos pueden manifestarse
como seres libres y sabios que son, de acuerdo con las necesidades y
contingencias que van presentándose en la historia del hombre.4
¨
La eficacia de la evangelización, del apostolado,
etc. depende sobre todo de nuestras programaciones humanas y de nuestra
actividad (en realidad, activismo en muchos casos). Se prescinde así de la vida
interior, fuente de la exterior, con lo que ésta última se vuelve ineficaz,
estéril y complicada.
¨
El infierno no existe y, si existe, "en él no
hay nadie" (sic, como si fuera un lugar físico), afirmación esta
equivalente en la práctica a la anterior. El hombre se confía así y no teme
al estado en que ciertamente puede caer por sus pecados. Este aserto viene unido
a la consideración, parcialmente hecha,
de que Dios es Amor o, dicho de otro modo, Misericordia, olvidándose de que en
Él Misericordia y Justicia son la misma cosa, como ocurre con todos lo demás
atributos divinos, aparte de que es el mismo hombre quien elige el camino que
conduce a su perdición.5
¨
Pensar que todo lo nuevo, por el hecho de ser
nuevo, es siempre lo mejor y que negar este principio, presupuesto como una
especie de axioma, es merecer los más humillantes calificativos. De este modo,
Satanás nos mantiene preparados para aceptar todos los nuevos errores (a menudo
sólo errores resucitados de viejos tiempos) que él va sembrando o proponiendo.
Con este fin ha potenciado el valor supuestamente positivo de todo término y
toda actitud que impliquen innovación, así como el negativo de todo lo que
implique volverse a los valores del pasado. Pero imponer o proponer, como
dicotomía básica, lo moderno / lo
antiguo es superficial, acrítico y fundamentalmente necio. Previo a ello es
distinguir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo conveniente de
lo nocivo, etc.
¨
Tendencia "materializante" y franco
materialismo. Como ya enseñaba NIETZSCHE, orientado por Satanás, lo espiritual
no se ve porque no existe.
¨
Descuido de la oración, incluso entre las almas
consagradas, como ineficaz. Se sustituye por el activismo, las lecturas de
libros perniciosos (frecuentemente heréticos), la TV, periódicos innecesarios,
etc.
¨
Superficialidad frente a la reflexión profunda. La
verdad es que hoy tendemos a
ahogarnos en un océano de palabras y de imágenes; pero faltan personas de
reflexión profunda y que a la vez sepan sintetizar su pensamiento.
¨
Relativismo total y desenfrenado. Cada cual tendría
"su" verdad, no existiría ninguna verdad universal y absolutamente válida
en ningún sentido. ¡Buena preparación para no ponerse de acuerdo en el diálogo
y para combatir la Verdad revelada!
¨
Con el pretexto de que la
realidad en general evoluciona constantemente (?), ataque a principios
fundamentales y a la misma enseñanza de Dios y su Iglesia. -Cambiarlo todo a
troche y a moche, caóticamente, secundando a Satanás.6
¨
Ecuación o, si se prefiere, igualdad: progreso =
mayor libertad, "no sólo para hacer el bien, sino también el mal"
(como supo ver y expresar Pablo VI ya en su tiempo). -Así se considera lícito
y moral prácticamente todo.- Anarquía, libertinaje, licencia...
¨
Arruinar ciertas palabras, como la de
"pecado", considerando que representan conceptos anticuados y hasta
ridículos. Igualmente se hace con diversos puntos de vista verdaderamente
sabios y hasta con formas de devoción en otros tiempos consideradas venerables
por personas eminentes por su santidad y su ciencia (rosario, Corazón de Jesús,
etc.)
¨
Bajo el pretexto de un auténtico ecumenismo, sincretismo
disolvente entre las diversas religiones, de manera que apenas se llega a un
vago deísmo o a unas prácticas y teorías que no comprometen a nada.
¨
Desplazar la responsabilidad personal a la social o
a las estructuras sociopolíticas.
¨
Cambiar el concepto genuino de religión por el de
sociología, abierta o solapadamente. Posición afín: la tendencia a considerar
el Reino de Dios como algo que se refiere de modo especial a este mundo
temporal.
¨
Un concepto de educación en el cual cada vez se
exige menos, con el pretexto de respetar la libertad del educando. Este permisivismo ha dado y sigue dando, como frutos fáciles de
observar, la desintegración de la Moral y la Ética en grandes sectores del
mundo.
¨
Tildar toda
autoridad firme, sea lícita o no lícita, de autoritarismo, dictadura, etc.
Quien tiene alguna forma de autoridad actúa muchas veces blandamente, cediendo
en lo que no es justo y procurando por todos lo medios "parecer simpático",
llevado por el temor y el puro deseo de aprobación.
¨
Pretender resolverlo todo
democráticamente, como si el número de votos fuera decisivo para establecer
principios éticos, religiosos, etc. o modificarlos. -Ello se ha erigido hoy en
muchos países en un dogma inatacable.7
¨
Fuerte tendencia a interpretar toda la Biblia de
forma simbólica, pretextando la
existencia en ella -hecho real- de diversos géneros literarios y la manifestación
de otra cultura muy diferente de la nuestra. Como casi siempre, Satanás sugiere
lúcidamente buenas razones para, desconcertando luego a las almas, apartarlas
de la verdad y el bien. Así la palabra de Dios llega a ser, no sólo
distorsionada, sino incluso negada, o, cuando menos, puesta seriamente en duda.
¨
Sobre todo en el caso de muchos intelectuales,
convencimiento más o menos profundo de que la religión (sea cual sea) se
reduce a una serie de creencias y mitos pertenecientes a épocas muy primitivas,
en que imperaba la ignorancia, y que deben considerarse plenamente superados por
nuestra cultura actual, en la cual la ciencia y la técnica ofrecen las
soluciones más adecuadas y correctas a las necesidades del hombre. Dios no
existe o es innecesario. Y, como dice un personaje de DOSTOIEWSKY: "Si Dios
no existe, todo está permitido". Es la conclusión de Satanás mismo.8
1
Yerran lamentablemente quienes piensan que tan sólo debe creerse lo que ha
sido proclamado como dogma de fe dentro de la Iglesia. Precisamente una
verdad tan esencial como la Resurrección de Cristo, sin la cual nuestra fe
cristiana perdería todo su valor, no ha sido jamás declarada como dogma de
fe. Pero la razón ha sido que se trata de una verdad tan clara en la
Sagrada Escritura, y que ningún teólogo de categoría se atrevió a negar,
que no se ha considerado necesario hacer una declaración dogmática ex
profeso. Pues bien: aunque no se trate ciertamente de algo tan importante,
ocurre algo análogo con la existencia del Diablo. La Sagrada Congregación
para la Doctrina de la Fe, atendiendo al requerimiento de Pablo VI, se
expresó así en junio de 1975:
"Las afirmaciones sobre el Diablo son asertos indiscutibles de la conciencia cristiana. Si bien la existencia de
Satanás y de los demonios no ha sido nunca objeto de una declaración dogmática,
es precisamente porque parece superflua, ya que tal creencia resulta obvia
para la fe constante y universal de la Iglesia, basada sobre su
principal fuente, la enseñanza de Cristo..."
Con anterioridad, en noviembre de 1972, el Cardenal Joseph RATZINGER,
siguiendo la doctrina del mismo Papa, había negado el punto de vista de
ciertos teólogos que no consideran al Demonio como un ser personal: «Se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica
todo aquel que rehúsa reconocer [esta entidad espiritual] como existente...
o que la explica... como una personificación conceptual y fantástica de
las causas desconocidas de nuestras desgracias... El Demonio es el enemigo número
uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser oscuro y
perturbador existe realmente y sigue
actuando.» O sea, fuerzan el lenguaje de la Escritura y de la constante
enseñanza de la Iglesia, hasta tergiversarlo y aun darle la vuelta, quienes
únicamente pretenden ver en el Demonio algo así como un personaje
inventado por la mente del hombre, de modo más o menos espontáneo, y a
quien éste señala como el responsable de todos sus males. Hilando más
fino, no pocos pseudoteólogos actuales enseñan que, cuando en la Escritura
se habla del Demonio, no hay que atribuir a este término un significado
literal, es decir, no debe entenderse que el Diablo es un ser personal: sólo
se trataría de representar el
Mal, incluidas nuestras bajas tendencias, como una persona de extraordinaria
maldad. El Malo (el Demonio) pasaría así a ser la simple representación
simbólica del Mal. Pero este concepto del Diablo, interpretado como un mero
símbolo, se opone frontalmente al Magisterio de la Iglesia. Basta con leer
atentamente lo expresado en 1975 por la Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe y con anterioridad, en 1972, por el Cardenal RATZINGER.
El propio Pablo VI, cuando advirtió con su penetrante inteligencia que
los errores teológicos de más nefastas consecuencias se habían
introducido en el interior mismo de la Iglesia, pronunció estas graves
palabras: «Se diría que, a través de alguna grieta, ha entrado el humo de
Satanás en el Templo de
Dios... ¿Cómo ha ocurrido esto? Ha habido un poder perverso: el
Demonio» (29-VI-72).
En cuanto a Juan Pablo II, ya en 1986, dedicó una serie de catequesis
sobre Satanás y los otros demonios, refiriéndose también a los santos ángeles
(audiencias de julio y agosto). Recordemos que hoy abundan los teólogos
que, cuando menos, ponen en duda la existencia de los ángeles (entiéndanse
como seres espirituales dotados de entendimiento y voluntad). Pero
cuestionar este punto de la doctrina cristiana no es
algo inocente y falto de interés. Con extraordinaria agudeza,
escribe WINKLHOFER: «Si quisiéramos librarnos de la existencia de los ángeles,
se debería revisar radicalmente
la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la salvación» (Die Welt der
Engel, Ettal 1961, p. 144, nota 2; en Mysterium
salutis, II, 2, p. 796). Naturalmente, si empezamos negando la
existencia de los ángeles, deberíamos negar la existencia de Satanás y de
los otros demonios (ángeles todos ellos); es más, también el origen mismo
del mal en la creación, incluyendo la tentación a nuestros primeros padres
y su caída consecuente. Perdería su sentido el pecado original y la
Redención misma. ¿Y cómo explicar adecuadamente la finalidad del
sacramento del bautismo? Por otra parte, ¿qué sentido tendría el dogma de
la Inmaculada Concepción, proclamado por Pío IX?... Etc. Atacar el aserto
de la existencia de los ángeles sería sembrar el caos
en la doctrina cristiana. Pero eso se da a menudo por obra de sedicentes teólogos
más o menos irresponsables, inspirados seguramente por el Padre de la
Mentira. Satanás sabe lo que se hace.
Muy consciente de ello, como es obvio, la Iglesia, basándose en la
Sagrada Escritura, ha enseñado desde el comienzo la existencia de los ángeles
como seres puramente espirituales, creados por Dios, en el Símbolo
niceno-constantinopolitano, doctrina que confirmó en el Concilio
Lateranense IV (1215), cuya formulación recogió el Concilio Vaticano I: «[Dios]
creó de la nada juntamente al principio del tiempo, a ambas clases de
creaturas: las espirituales y las
corporales, es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre;
y después, la creatura humana que, compuesta de espíritu y cuerpo, los
abraza, en cierto modo, a los dos». (Concilio Vat. I, const. dogm. De
fide Catholica, DS 3.002). (Texto citado por Juan Pablo II
en su audiencia general 6-VIII-1986). Ahora bien, el Diablo o Satanás
y los otros demonios no son más que los ángeles que se rebelaron contra
Dios: «Fueron creados buenos por Dios, pero se hicieron
malos por su propia voluntad.»
(Conc. Lateranense IV, año 1215). (Cit. por el mismo Papa, audiencia
general 13-VIII-1986).
Para terminar este comentario, y con el fin de subrayar el
carácter de engaño satánico que entraña el negar la existencia del
Demonio, atendamos a la autorizada enseñanza de Juan Pablo II: «El
influjo del espíritu maligno puede 'ocultarse' de forma más profunda y
eficaz: pasar inadvertido corresponde a sus 'intereses': La
habilidad de Satanás en el mundo es la de inducir a los hombres a negar su
existencia en nombre del racionalismo y de cualquier otro sistema de
pensamiento que busca todas las escapatorias con tal de no admitir la obra
del Diablo.» (Audiencia general 13-VIII-86).
2
Ahora bien: téngase en cuenta: 1º) Que en la base de la falta de fe puede
encontrarse fácilmente un elemento muy importante: la
ignorancia no culpable o, si se prefiere en otros casos, el error no culpable; 2º) Que fuera de la fe de la Iglesia Católica,
no rechazada por malicia, es igualmente posible la salvación, como proclamó
Pablo VI en El Credo del Pueblo de
Dios (30-VI-1968): «... El propósito divino de salvación abarca a todos
los hombres: y aquellos que, ignorando
sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios
con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por
cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia,
ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden
conseguir la salvación eterna.»
3
Nos guste o no, y aun teniendo muy en cuenta que el sufrimiento sin amor no
vale para nada, lo cierto es que todo ser humano consciente tiene que
aceptar el dolor amorosamente para unirse a Cristo: «Quien no toma su cruz
y me sigue, no es digno de Mí» (Mt 10, 38). «Si
alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su
cruz y sígame» (Mt 16, 24). Leamos las vidas de los santos: ¿en cuál de
ellas no está presente la cruz?
4
«... No podemos, ciertamente, impedir que Dios hable en nuestro tiempo a
través de personas sencillas y valiéndose de signos extraordinarios. Las
apariciones que la Iglesia ha aprobado oficialmente... ocupan un lugar
precioso en el desarrollo de la
vida de la Iglesia...; muestran, entre otras cosas, que la revelación, aun
siendo única, plena, y por consiguiente insuperable, no es algo muerto,
sino que es vida, es algo vital... [Así] uno de los signos de los tiempos,
es que las noticias sobre apariciones marianas se están multiplicando en
todo el mundo.» (Joseph RATZINGER, Prefecto de la Sagrada Congregación
para la Doctrina de la Fe, al periodista Vittorio MESSORI).
5
La existencia del infierno, como
un castigo eterno para los condenados, así como la de un premio igualmente
eterno para los justos o elegidos, es un dogma
de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el
Concilio Lateranense IV (1215): «Jesucristo... ha de venir al fin del
mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus
obras, tanto a los réprobos (o condenados) como a los elegidos (o justos):
todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para
recibir según sus obras –buenas o malas–: aquéllos, con el diablo,
castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (De
fide catholica, cap. 1).
6
El evolucionismo puede considerarse hoy, al menos en lo que se refiere
al mundo material, suficientemente
demostrado por la ciencia. Pero
una vez más Satanás parece valerse de la verdad como punto de partida para
distorsionarla y exagerarla hábilmente después, inspirando la idea de
generalizaciones y consecuencias gravemente erróneas y perjudiciales. Por
ejemplo, ¿podemos asegurar que en el ámbito de lo puramente espiritual se
dé el mismo tipo de evolución, si es que en dicho ámbito cabe hablar en
rigor de evolución? ¿Evoluciona el espíritu humano en cuanto a su
sustancia, habida cuenta de que no
sería un agregado de partes? ¿Evoluciona el mundo tan radical y
vertiginosamente, que no sea posible captar unos principios generales –éticos,
metafísicos, etc.– que puedan considerarse en algún modo permanentes?
¿Cabe hablar de una evolución en lo que se refiere a la esencia misma de la
doctrina que Dios transmite al hombre?
(¡No confundamos su explicitación o un mejor conocimiento de ella
con la evolución de su esencia
íntima!). Pero pongamos mejor toda nuestra atención en las autorizadas y
majestuosas palabras de Jesucristo: «Los cielos y la tierra pasarán; pero
mis palabras no pasarán.» (Lc 21, 33).
7
Poniendo Satanás de manifiesto ante los hombres la verdad
del notable valor que tiene la democracia
como régimen especialmente político, pasa a la exageración, universalización
y absolutización de ese valor:
la misma verdad dependería del número
de votos.
8
Cuando el Demonio ataca la verdadera religión, busca desintegrar su mismo núcleo
o, dicho de otro modo, su misma base. Y así incita al hombre casi siempre a
seguir el camino que lleva al ateísmo.
Este proceso es a menudo tan paulatino, que la misma persona, muchas veces,
sólo lo advierte difícilmente en cada paso. Es más: ésta va abandonando
la idea de Dios o su creencia en Él con la ilusión de encontrar una
explicación más inteligente y realista del mundo. Es muy frecuente que Satanás, presentando hábilmente
la verdad mezclada con el error, argumente con infame lucidez, de modo que consiga extraviar incluso a las
inteligencias más penetrantes. En el fondo de esta actitud ateizante late frecuentemente
el orgullo y el rechazo frontal a ciertas normas morales que suponen un obstáculo
para la satisfacción de algunos de nuestros deseos. En el caso de muchas
personas de talante intelectual y que ven en la moderna ciencia experimental
el único método válido de conocimiento, se exige una prueba de la
existencia de Dios de acuerdo con dicho método, y lo propio es no
encontrarla (por vía natural). No pocas veces, inciden razonamientos que
arrancan de juicios viciados por el resentimiento o, simplemente, por la
falta de confianza en Dios. Así, ante desgracias personales o colectivas,
abundan quienes, no alcanzando a vislumbrar la bondad de nuestro Creador,
piensan: «Si Dios existiera, no habría permitido tal cosa.» Estos últimos
deberían imbuirse de la siguiente verdad cuando se trata de la Divina
Providencia: Omnia in bonum: todo lo que Dios quiere o permite es para nuestro bien.
¡Aunque nuestra limitada inteligencia no lo comprenda!